Diana Karina



Crecí en una ciudad de 200.000 habitantes, mejor dicho, un pueblo. Uno alegre, rumbero, toma trago, donde realmente no había (hay) muchas opciones de diversión diferentes a la fiesta.
Me crie en un barrio pequeño, apartado del resto de la ciudad por la tan “temida” variante, que evitaba que los papás de mis amigas las dejaran quedarse en mi casa estudiando después de las 6PM.
Supongo que el estar apartados fue también una ventaja para quienes vivíamos allá, pues nuestros padres tenían más tranquilidad de dejarnos correr por las calles y quedarnos afuera hasta tarde, vigilados por el parche sereno (como les decían a las señoras que se sentaban a conversar afuera todas las noches)

De mi generación, éramos aproximadamente 15 vecinos que nos habíamos conocido desde nuestro primer uso de razón; nos tocó por obligación ser amigos. De las niñas, yo era la menor, aunque la diferencia de edades era máxima de 2 años. Creo que entre todas teníamos todas las personalidades posibles, en lo único que coincidíamos todas, era en querer representar el rol de Abel cuando hacíamos presentaciones de Menudo.

A mí, así hoy no parezca, me “tocó” la personalidad tímida. Me daba pavor conocer niños por fuera de El Retiro (mi barrio) y para la época en que mis vecinos empezaron a traer a sus amigos al barrio seguro y alejado yo empecé a hacer lo que mejor se me daba: ¡esconderme!
Por el contrario, la vecina de 3 casas a la izquierda era la más popular; su casa siempre estaba inundada de muchachitos en motos y bicicletas, su cumpleaños era el que más invitados tenía y yo, como un ser humano normal, empecé a sentir envidia; definitivamente tenía claro que quería ser como ella.

Creo que esta vez la envidia llevó a algo positivo, porque me obligó a salir de mi zona de confort y perseguir lo que tanto deseaba. Un día de agosto de 1999, salí a la cuadra con mi libreta de teléfonos de Tasmania (esas de acordeón que se guardaban en la billetera de velcro) y con toda la vergüenza que esto me producía, empecé a presentarme y recolectar números telefónicos. Me di cuenta que no era algo tan difícil y lo seguí haciendo por muchos días venideros. Mi nueva meta era llenar la agenda completamente.


Hoy no estoy segura si la llené (la quimio ha acabado con mi buena memoria) pero lo que si estoy segura es que con mi estrategia llegué a ser igual o más “popular” que mi vecina. Con los años, mi vecina se fue de la ciudad y la nueva casa que se llenaba de adolescentes era la mía, las fiestas del fin de semana se empezaron a celebrar allí y yo ya estaba lista para cumplir mi nueva meta…

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